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miércoles, 13 de octubre de 2010

En la AFIP debaten la caja previsional propia



El objetivo es mejorar el ingreso de los jubilados del organismo con aportes de los empleados que serían administrados por el sindicato. Quienes se oponen dicen no confiar en la gestión del gremio y reclaman que el Estado garantice el 82 por ciento.

Por David Cufré

El debate por el 82 por ciento para las jubilaciones no se da sólo en el Congreso. Mientras oficialismo y oposición debaten por la viabilidad del proyecto del Grupo A, un conjunto de gremios avanza por un canal alternativo. Su objetivo también es mejorar los ingresos de los trabajadores al momento del retiro, pero con una fórmula propia. Están en plena elaboración de cajas previsionales complementarias, administradas por los sindicatos y con aportes de los empleados de la actividad. La iniciativa más avanzada corresponde al gremio de la AFIP, con 18 mil involucrados. Es un caso testigo que genera fuertes controversias en el organismo y cortocircuitos en el Gobierno, entre quienes apoyan la movida y quienes ofrecen resistencia. De acuerdo a cómo resulte, acelerará o frenará otras propuestas similares. La de mayor trascendencia política por la cantidad de trabajadores es la del gremio de Camioneros, que conducen Hugo y Pablo Moyano.

Altas fuentes de ese sector confirmaron a Página/12 que están a la expectativa del proceso en la AFIP. La Asociación de Personal Legislativo y sindicatos de petroleros también van dando pasos para constituir sus cajas complementarias.
El punto en común es que se trata de trabajadores con sueldos altos, quienes sufren un violento recorte de ingresos al momento de jubilarse. En la AFIP, por ejemplo, pasan de ganar sueldos que van de 10 mil a 20 mil pesos a recibir jubilaciones de 2500 a 5000 pesos. La tasa de sustitución de los haberes previsionales respecto de los salarios de los activos oscila en el rango de 25 a 30 por ciento. El esquema se repite entre los petroleros, camioneros y personal legislativo nacional, en ese orden. La desaparición de las AFJP dejó un bache entre los empleados de altos ingresos. Sobre ese nicho se vuelcan las compañías de seguros de retiro, con esquemas de capitalización individual como el de las AFJP. Los sindicatos quieren salir a terciar con sus propias ofertas. “Si no lo hacemos nosotros, se los van a llevar los privados”, dijo uno de ellos a este diario.

Las cajas complementarias constituyen un sistema solidario como el de reparto, en el cual todos los trabajadores del sector –no sólo los afiliados al sindicato– hacen un aporte extra de sus salarios a un fondo común, del cual sale el dinero para liquidar los haberes a quienes se vayan jubilando. Como su nombre lo indica, es un régimen complementario al universal de la Anses, con sus respectivos aportes –en promedio, tres puntos porcentuales del sueldo– y pagos adicionales a la jubilación tradicional. El sistema tiene como base legal la ley de Convenios de Corresponsabilidad Gremial, entre sindicatos y Estado. Las cajas son administradas por los gremios, con el control de un síndico del Ministerio de Trabajo. La Secretaría de Seguridad Social de esa cartera debe aprobar los estudios de factibilidad técnica para darles curso.

Existen dos antecedentes de más de dos décadas en los cuales se apoyan los proyectos de la AFIP, Camioneros, la Asociación de Personal Legislativo (APL) y Petroleros: las cajas de la Aduana y de Obras Sanitarias. Esta última es la más antigua. Empezó a operar en abril de 1987 y logró sobrevivir al proceso de privatización de los ‘90. La de la Aduana es de un año después. El hecho de haber superado dos hiperinflaciones, el torniquete de Domingo Cavallo, cuatro años de recesión, el estallido de 2001, el corralito, el corralón, la devaluación y el default las muestra como experiencias confiables. La Aduana tiene 5550 empleados activos y 1219 jubilados y pensionados por la caja complementaria. Los haberes netos que paga la caja son 3384 pesos en promedio (a mayo pasado), contra la jubilación liquidada por la Anses de 3558 pesos. Con el complemento, la tasa de sustitución trepa al 70 por ciento del salario.

Los aportes son en promedio del 3 por ciento, aunque varían según la edad. Sólo con esa cotización adicional los trabajadores logran duplicar los ingresos que obtienen con 11 puntos de aportes a la Anses. El secretario general de la Asociación de Empleados Fiscales e Ingresos Públicos (Aefip), Jorge Burgos, señaló a Página/12 que el proyecto de caja complementaria en su gremio replica en términos generales la estructura operativa que existe en la Aduana, y que la tasa de sustitución también rondaría el 70 por ciento, sumando el complemento y la jubilación tradicional. Como se indicó más arriba, sería un avance significativo respecto del 25 a 30 por ciento actual.

Una de las características distintivas de estas cajas complementarias es que los aportes son sólo de los trabajadores, sin participación del empleador. Hubo otras experiencias en el pasado, en las cuales el Estado o las empresas también aportaban a la caja, pero en la mayoría de los casos terminaron en la quiebra en la década del ’90, cuando el entonces ministro Cavallo les retiró la contribución patronal. Así fue como quedaron en el camino las cajas del PAMI, el Banco Nación y el Banco Hipotecario. Por otro lado, hay otras cajas complementarias surgidas de estatutos especiales, como el de los docentes o científicos.
Norberto Di Próspero, secretario general de la APL, señaló a este diario que el sindicato encargó un estudio de factibilidad para armar el proyecto de caja complementaria. “La idea es que si los números dan, antes de fin de año presentemos la iniciativa en asamblea a los trabajadores para ver si les interesa”, detalló. El gremialista reconoció que a mediados de los ’90 hubo un intento similar que naufragó ante la resistencia de un nutrido grupo de trabajadores parlamentarios. “Era otra época, ahora creo que hay más predisposición”, indicó. La planta de trabajadores del Congreso nacional es de 9700 personas.

“Sabemos que el 82 por ciento móvil no es viable. Si no hay fuentes de financiamiento adicionales, no se puede llegar a esa cifra. El proyecto de la oposición es político, no real”, sostuvo Burgos para justificar que su gremio impulse la caja complementaria. Según dijo, el 80 por ciento de los empleados de la AFIP apoyan la propuesta. “Sabemos que no tenemos la aprobación absoluta, pero sí que existe consenso”, indicó. Por el contrario, desde la agrupación Autoconvocados por el No, que lidera un grupo de delegados del organismo, afirmaron que las opiniones están divididas casi en partes iguales. “El 50 por ciento quiere la caja y el otro 50 no”, estimaron ante este diario. Quienes se oponen dicen no confiar en la gestión del sindicato, reclaman que sea el Estado quien garantice el 82 por ciento o no quieren hacer más aportes.

El gremio ya tiene un anteproyecto con todos los detalles para implementar la caja. Burgos sostuvo incluso que el sindicato remitió al Ministerio de Trabajo el estudio con los cálculos actuariales para demostrar la viabilidad del proyecto, y aseguró que desde la cartera laboral obtuvo una señal de aprobación. Sin embargo, para que la caja pueda arrancar se necesita que Ricardo Echegaray, titular de la AFIP, firme el convenio de corresponsabilidad gremial. El funcionario había dicho en un primer momento que daría ese paso, pero luego pisó el freno con el argumento de que no existe el suficiente consenso entre el personal. Si la caja empieza a funcionar, todos los trabajadores deben aportar, de manera obligatoria.

En cambio, el ministro de Trabajo, Carlos Tomada, apoya decididamente la iniciativa. El tema generó chispazos entre ambos funcionarios y se espera una definición en los próximos días. Para el Gobierno, el proyecto de las cajas complementarias gremiales es atractivo, porque le empieza a quitar presión al reclamo del 82 por ciento. Entre tanto, desde la conducción del gremio de camioneros confirmaron a este diario que también proyectan avanzar con la caja luego de que se resuelva la cuestión de la AFIP, aunque antes los Moyano trabajarán en el proyecto de creación de la ART con base sindical.

FUENTE: PAGINA 12













“Escándalo del aire”


ACERCA DEL BARROCO

En la plástica, la literatura y la música, en el Siglo de Oro español y en la América latina contemporánea, el barroco –señala el autor de este trabajo– ayuda a intuir “un goce más allá”, “el arte de excederse, derrochar, derrapar” y “dejar restos”.

Por Pablo Fuentes *

En el decadente período de la España de Felipe IV, la poética barroca trata al mundo como oxímoron y, al decir de Gracián, como “concierto de desconciertos”; lleva al uso extremo de la antítesis, dejando la sensación de que todo es inestable y efímero. De ahí uno de los temas obsesivos de la poética barroca: el tiempo. Aparecen muchos textos sobre lo pasajero de la vida, sobre la caducidad de las cosas. Se trata de una poesía sobre las ruinas y lo fugitivo de la existencia. Dice Góngora:

Si quiero por las estrellas

saber, tiempo, dónde estás,

miro que con ellas vas,

pero no vuelves con ellas.

¿Adónde imprimes tus huellas

que con tu curso no doy?

Mas, ay, qué engañado estoy,

que vuelas, corres y ruedas;

tú eres, tiempo, el que te quedas,

y yo soy el que me voy.


De esta mirada trágica de la existencia deriva el gusto barroco por la melancolía, por un tono de desengaño y pesimismo, aun sobre el fondo de fiesta de la exuberancia y de la sensualidad que le son típicas. De ahí también el gusto por las cosas materiales, el aprecio por lo vulgar. Los objetos del mundo aparecen frecuentemente, nombrados, enumerados, llenando el espacio de la enunciación, como la sobrecarga de elementos que aparecen en los cuadros de los pintores del período. Cosas más bien humanas, no tanto naturales: ropas, objetos, herramientas. Cosas en acción, humanizadas.

Si, en la metáfora cristalizada, el barco es llamado “vela”, el poeta barroco lo llamará “llama en fuga”, haciendo el juego, a la vez, con la literalidad y con la extensión de la metáfora inicial. Erupción sobre la superficie del lenguaje, la metáfora es el grumo donde la tersura del discurso encuentra el tropiezo. Sobre el ilusorio grado cero de la lengua, allí donde no habría ninguna figura retórica, la metáfora es lo que delata sus límites, su peligro y su extensión. Es el síntoma de la lengua, su patología. En la poesía barroca, en especial en Góngora, el primer grado del enunciado, el comunicativo, cercano al discurso hablado, desaparece del texto. Como plantea Severo Sarduy, Góngora parte de las metáforas tradicionalmente poéticas y despliega su escritura en un registro suprarretórico, es “una potencia poética al cuadrado”.

La metáfora al cuadrado es la reversión de la metáfora simple, es el tambaleo de su condición significante y, puede decirse, su graduación como escritura misma, su entrada al estatuto de la letra. El texto barroco, como en las Soledades de Góngora, se despliega con progresión geométrica, en una proliferación metastásica que carcome el plano del discurso corriente. Una palabra de valor metafórico, como “cristal”, puede desencadenar una metonimia de objetos brillantes, fríos y transparentes. Lo legible es cercado por la proliferación de los tropos, por el tartamudeo de la aliteración. En la literatura clásica, la distancia entre figura y sentido es mínima, la cristalización entre significante y significado es el objetivo. La escritura barroca, en cambio, hace imposible la coagulación del signo. Sonido y sentido, imagen y concepto se entraman sobre las ruinas de la lengua hablada –construida en realidad con metáforas naturalizadas– y del mundo entendido como ilusión comunicativo.

En el barro de la América de lengua castellana, el barroco encontró una nueva máscara en la corriente poética llamada neobarroca, que tiene en el cubano José Lezama Lima su figura inaugural. Este barroco latinoamericano, cercano a la experimentación pero no con el rigor militante del concretismo, se caracteriza por su disposición impura a entrar en mixturas e hibrideces textuales. A diferencia de la vanguardia histórica, dominada por su preocupación por la imagen y la nueva metáfora, la poesía neobarroca trabaja mejor la alteración de la sintaxis, la problematización del movimiento respiratorio del texto: es difícil leer en voz alta un poema neobarroco sin perder el aliento. Como el barroco áureo, esta corriente repudia lo inerte y lo fijo, colmo del engaño y efecto de la represión de la retórica oficializada por el discurso social, el “bien decir”.

Modelo del mal decir, la maldición del barroco ya había contaminado los diferentes movimientos de las vanguardias históricas que habían cuestionado, en su momento, los parámetros armónicos de lo neoclásico. Con su dinámica de plegado de las formas y de la materia del lenguaje, la poética barroca no implica un yo lírico sino su aniquilación y, en este sentido, es antirromántica: no es la “expresión” de un sujeto, son las fuerzas del lenguaje las que se manifiestan a través del poeta. “Lo confusional en tanto opuesto a lo confesional”, como razona Néstor Perlongher.

Pero, como aclara el mismo Perlongher, la diferencia entre estas escrituras contemporáneas y el barroco del Siglo de Oro pasa por el sustrato en el que se apoyan: el barroco áureo pisa el suelo de la retórica renacentista y se guarda la posibilidad de que su texto sea decodificado, como hizo Dámaso Alonso con los poemas de Góngora. Los textos neobarrocos no permiten la traducción: la sugieren y hasta estimulan pero, a la vez, la perturban y dificultan. Además, su sustrato es la modernidad y ciertas retóricas vanguardistas, como el surrealismo y la crisis del realismo.



Historieta sagrada

Lacan relacionó el barroco con lo que él llama el “anecdotario de Cristo”, con lo que el barroco configura en torno de una historieta sagrada, ya no historia, de la pasión de un cuerpo y, obviamente, de la narración de su goce. Un relato casi ilegible de un cuerpo gozando en el límite mismo de lo mostrable. Ya las escrituras místicas, como las de Santa Teresa o San Juan de la Cruz, habían anticipado esta estrategia en la cual lo que se escribe como íntimo, por ejemplo el poeta hablando de sí mismo, implica ese vaivén ambiguo entre lo interior y lo exhibido, la oscilación entre el pudor y la mostración, la profunda superficialidad de un yo que se desdice en la medida en que el cuerpo goza en las palabras escritas. Es el carácter éxtimo de la escritura lo que el barroco evidencia al relacionar el goce de la lengua en tanto sustancia orgánica, parte de un cuerpo, con la torsión de los tropos como recurso de artificialización y cifrado del discurso. Pero esto lleva a la idea de que la escritura gira en torno de un centro ausente: el misterio de un goce fuera del cuerpo, donde esa representación exasperada se agota en sus ornamentos, un parloteo feroz, justo antes del silencio.

De ahí también la tensión de este modo barroco con la idea clásica de estilo: se trata de una escritura sin estilo porque se apodera de todos ellos, es propensa al mestizaje. Se trata, mejor, de hacer un cuerpo de escritura, de que asome en la frase lo real del cuerpo que habla. En otras artes, el barroco se sirve de esto, como en las esculturas de Bernini, donde, como señala indirectamente Lacan, se trata de exhibición de goces, donde la carne canta en la blancura del mármol. Blancura, en ausencia de unos colores que potenciarían, en la representación, el carácter significante que aquí tambalea: ¿es una historia lo que se cuenta en El rapto de Proserpina o sencillamente es el mármol que goza? (ver ilustración) ¿Es la lengua misma la que goza en estas escrituras?

La escritura barroca configura un contradiscurso que exhibe las entretelas del lenguaje. Es exasperación del decir lo indecible, exhibicionismo de lo invisible, donde los tropos, llevados al límite, terminan operando con el estatuto de letra al rebasar la función significante del escrito. La escritura merodea su objeto. El barroco es el arte del merodeo, expresión estética de la circunferencia de dos centros de Kepler, representación cosmogónica del elipse, figura geométrica de la estrategia de acecho de ese resto no significante del discurso que se vela y se revela en los plegados infinitos, en las “volutas voluptuosas” (Néstor Perlongher dixit) del barroco.

Es esta índole de artificio de la escritura, su carácter cifrado, esta desnaturalización respecto al lenguaje, lo que el barroco expone. Como si se tratara de un síntoma de la lengua. La lengua, cuando asume una posición elidente, barroquizante, como en el delirio o en el sueño, cuando se escribe en los bordes de lo simbólico, produce el rebasamiento de la matriz semántica y se produce como una carnalidad, alcanza cierta relación exasperada con el goce, cuando el placer del decir trastabilla: “Esos híbridos del vocabulario, ese cáncer verbal del neologismo, ese enviscamiento de la sintaxis, esa duplicidad de la enunciación, pero también esa coherencia que equivale a una lógica, esa característica que, de la unidad de un estilo a los estereotipos, marca cada forma del delirio: a través de todo eso, el enajenado, por la palabra o por la pluma, se comunica con nosotros”, plantea Lacan. Pero el artista barroco despliega esas estrategias con un fondo de fiesta, no como la música del infierno de los enajenados. El cáncer verbal de los locos está antes del goce fálico; el del sueño está en él; la metástasis del verbo barroco se sostiene en un goce más allá.

Goce, brillo del objeto, lujo del exceso, el barroco es el arte de excederse, derrochar, derrapar, dejar restos. Es el brillo de las superficies que es toda la profundidad a la que se puede aspirar. Es abusar del poder de las palabras, es ponerlas en tensión, despegarlas de su propia funcionalidad. En La vida es sueño, Calderón de la Barca habla del disparo de un arma “cuyo fuego será escándalo del aire”. Allí animiza lo natural y, a la vez, pone en evidencia el carácter suntuario, excesivo, de una metafórica que está al servicio de sí misma, que se sale del cuadro del sentido y que incendia la realidad que pretende narrar.

Llama dorada como el oro de las capillas barrocas, ornamentadas con el lujo del exceso y la lujuria de un erotismo sagrado y metálico, sangrante y etéreo: oro como el rey mineral, eterno, lascivo y palpitante de una forma, un estilo o una época que se animó a proliferar con su artificiosidad y su sensualidad por sobre la tiranía del sentido y de la ilusión de la armonía. Derroche de oro, río orondo, oropeles del sueño, la poesía, del delirio, río dorado, olas del fuego del deseo en sus desbordes.

* Extractado del trabajo “El deleite de las sombras. Notas sobre escritura barroca y el orden de los goces”.












martes, 12 de octubre de 2010

12 de octubre de 1492: ¿Pasó lo que nos dicen?
Textos de Juan Jose Rossi

La ley del más fuerte

Ante una nueva “celebración oficial” del arribo ibérico a nuestro continente hace 513 años, no es superfluo rememorar los mecanismos utilizados por la posterior y sostenida intervención europea o “primer mundo” hasta nuestros días con el fin de introducir su modelo ideológico, político, económico y religioso. Cuando en el siglo XV nuestro continente, al que luego arbitrariamente se lo llamaría “América”, continuaba con el desarrollo de su propio proceso histórico-cultural extendido a lo largo y ancho de su espacio territorial y marcado por una fecunda variedad de culturas y naciones nativas (inuit, iroquesa, azteca, arawak, chibcha, inca, guaraní, wichí y selk’nam, por nombrar algunas) Europa se debatía en profundas luchas internas y externas (sobre todo la Península ibérica) para poder garantizar poder y recursos a monarcas, príncipes, nobles y ejércitos, objetivo primordial que hizo posible la apropiación y saqueo sistemático de nuestro enorme continente.

Los movimientos expansionistas europeos iniciados en el siglo XV, al principio por españoles y portugueses luego por otros estados europeos, contaron con la participación interesada y motivadora de sus respectivas coronas y del catolicismo, cada uno en su ámbito. Mientras los primeros convenían en capitulaciones con los exploradores para asegurarse un elevado diezmo y la adquisición prepotente de tierras y señoríos sobre los habitantes nativos, el segundo proveía, directa o indirectamente, la permisión moral de acciones aberrantes y un “ideal” que elevaba al rango de “cruzada civilizadora y evangelizadora” un proyecto indiscutiblemente de apropiación territorial, comercial y político expansionista. Sin embargo, cabe preguntarse por qué y cómo lograron el resonante éxito que todavía se considera una gesta heroica y civilizadora.

Al arribar Colón a las islas y posteriores aventureros a otros enclaves, la actitud inmediata adoptada por los habitantes fue, por un lado de enorme sorpresa frente a la presencia de gente surgida del mar con curiosas armas y extrañas vestimentas y, por otro, de absoluta hospitalidad. En los primeros contactos jamás los nativos ofrecieron resistencia ni declararon guerra alguna. Sólo ante el abuso sorpresivo y despiadado reaccionaron tratando de hacerlos retroceder, pero sin éxito ante las poderosas armas y estrategias europeas. Por su parte los recién llegados, a medida que avanzaban “dudaron” que los nativos ―presumiblemente habitantes de “Las Indias”― fueran “descendientes de Adán y Eva”, o sea, que fueran verdaderos hombres. Esta absurda consideración “filosófica” de exploradores, misioneros y filósofos de la época acerca de la naturaleza de los nativos, más allá de algunos extemporáneos documentos oficiales en su contra, se transformó en un justificativo inapelable y siniestro que ante su conciencia “cristiana” legitimó el inicio de una cadena de aberrantes acciones invasoras.

Sostuvieron, por ejemplo que los “bárbaros” podían ser esclavizados ya que, según su arbitraria teoría, los bárbaros eran “infieles” y éstos, a su vez, seres indignos porque rechazaban la “verdadera fe” (¡la de ellos!), en consecuencia merecedores de ser perseguidos y aniquilados en la medida en que se resistieran. Un argumento falaz que les dio luz verde para justificar tanto la esclavitud cuanto el genocidio y saqueo indiscriminado. Este fue uno de los tantos sofismas utilizados por la corona y las instituciones autodenominadas “cristianas” para legalizar cualquier acto de destrucción o imposición de su sistema.

Desde esa posición ideológico-estratégica los “civilizadores” se permitieron imponer por la fuerza su propia cosmovisión, ajena a la humanidad local, e implementar por la fuerza su sistema de vida desvalorizando en tanto “diabólicas” las creencias de nuestro continente y quebrando las estructuras sociales milenarias, inclusive sus idiomas, tradiciones y escritura jeroglífica e ideográfica. En última instancia desactivaron lo medular de aquellos pueblos que hasta ese momento vivían “a su modo”, neutralizándoles la capacidad de reaccionar ante un enemigo insaciable. A partir de allí, los invasores actuaron “seguros” y a cara descubierta sometiendo a la población de nuestro continente a la desesperanza y esclavitud por medio de hipócritas estructuras como la encomienda, mita, factorías, minas reales y otras aberrantes formas “legales” con que explotaron y exterminaron a la humanidad “descubierta para civilizar y cristianizar”.

No resulta extraño, entonces, que, según refiere el sacerdote Las Casas, el cacique Hathucci poco antes de morir en la hoguera por resistirse al sistema europeo sostuviera el siguiente diálogo con un religioso que lo instaba a bautizarse para ir al cielo y salvarse del infierno: – ¿Ustedes también van al cielo?, preguntó la víctima. – Sí, respondió el fraile. – Entonces –contestó el cacique– no quiero bautizarme para no encontrarme de nuevo con los crueles y tiranos españoles.

El sistemático proceder de los españoles y portugueses, sumado a las enfermedades infecto contagiosas traídas desde Europa, provocó una alarmante disminución de la población nativa. En las islas del Caribe, por ejemplo, tras someter a dos o más millones de habitantes en sólo una década (Colón todavía no había muerto) apenas quedaban alrededor de 300 mil nativos; en el valle de México, entre 1520 y 1580, de 25 millones bajó a 1.9 millones y en los Andes centrales de 11 millones a 1.5 millones durante el mismo período. Estos datos resultan agobiantes y son prueba inapelable del genocidio desatado en nuestro continente. Sin embargo se califica aquella intervención masiva como “gesta heroica”.

Si bien en la historia oficial estos hechos persisten con una visión mal idealizada o tergiversada y el sistema educativo no los revela ni propone como aberrantes, es indiscutible que fueron consumados ininterrumpidamente a partir de aquel 12 de octubre 1492. Quizás no nos resulte fácil asumir una crítica de lo que se nos ha enseñado, pero es nuestra responsabilidad desenmascararlos para ubicar los acontecimientos en su lugar y darles el nombre que se merecen, como inclusive lo hicieron algunos europeos de aquella época aunque no fueron escuchados por los intereses mezquinos que motivaban y motivan el sometimiento de América. Bartolomé de Las Casas en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias denunciaba sin atenuantes que “Entraban los españoles en los poblados y no dejaban niños ni viejos, ni mujeres preñadas que no hicieran pedazos. Hacían apuestas sobre quien de una cuchillada abría un indio o le cortaba la cabeza de un tajo. Arrancaban las criaturitas del pecho de las madres y los lanzaban contra las piedras. A los hombres les cortaban las manos, los amarraban con paja seca y los quemaban vivos en las hogueras, les clavaban estacas en la boca para que no gritaran. Para mantener a los perros amaestrados, colocaban indios n cadenas, los mordían y los destrozaban. Yo soy testigo de todo esto y de otras maneras de crueldad nunca vistas y oídas”.

Por Juan Jose Rossi
 
 
Publicado el viernes 5 de septiembre de 2008 en www.contrafestejo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Un gremio que crece continuamente

APUL: un gran ejemplo


POR ESTE MEDIO FELICITAMOS A LOS COMPAÑEROS DE APUL POR ESTE IMPORTANTISIMO LOGRO EN BENEFICIO DE LOS TRABAJADORES NO DOCENTES DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DEL LITORAL.

Se inauguró la Farmacia Sindical de APUL 6 de octubre de 2010, un día histórico!

Presidieron el acto, Rubén Núñez, secretario General de APUL, Nelso Farina, secretario General de la Federación Argentina del Trabajador de Universidades Nacionales (FATUN) y el rector de la Universidad Nacional del Litoral abogado Albor Cantard.

La Farmacia podrá ser utilizada por el personal no docente, tanto activos como pasivos, de la UNL, como así también todos los afiliados a la Obra Social de la casa de estudios. “De todas maneras estamos haciendo todos los trámites necesarios para que puedan ser beneficiarios de nuestro servicio los afiliados a otros sindicatos y toda la comunidad santafesina”, anticipó Núñez.

“Es un día para festejar porque es el cumplimiento de un sueño de muchos años del sindicato de los no docentes”, así calificó el rector de la Universidad Nacional del Litoral, Albor Cantard, el hecho de que a partir de hoy funciona la Farmacia Sindical de la Asociación del Personal de la UNL (APUL). “Este hecho es sumamente importante por lo que significa un farmacia sindical, porque el tema medicamento muchas veces es difícil de superar por los costos que se manejan y se pone en juego la salud. Por eso esta farmacia sindical ayuda a paliar este tema a nuestros trabajadores”, agregó Nelso Farina.

“Que desde el gremio tengamos un farmacia viene a cumplir una función social de nuestro sindicato, porque podemos brindar medicamentos no con un sentido comercial, sino con un sentido solidario, para que no le falte ese medicamento al personal de la universidad”, manifestó Núñez.

En la inauguración se hicieron presentes decanos, secretarios y demás autoridades de la UNL, autoridades de la Obra Social de la casa de estudios y de otras obras sociales, representantes de sindicatos, autoridades de los gobiernos de la ciudad y de la provincia de Santa Fe, no docentes y docentes, estudiantes y público en general.




¡¡¡FELICITACIONES COMPAÑEROS
y AMIGOS DE APUL!!!

¡Un Sueño Realizado!









domingo, 10 de octubre de 2010

Breve relato sobre los blancos

Por Juan Pascual

Hay miles de formas de no decir esa palabrita, negro, y mantener, al la vez, la voz dentro del paradigma, del punto de vista que la contiene.

Grasas. Menchos. Cabezas.

Esa palabra, y sus variantes, sirven para denominar un “otros” y, más aún, un “ellos”. Una clara posición política hilvana a todas esas variantes. Una es esa posición; en ella hay una cifra que es indispensable reconocer (en el sentido estricto: conocer un fenómeno como conocerse a uno mismo).

Tras miles de años de historia humana (cuestión que incluye a las relaciones sexuales, las migraciones, la mezcla infinita desde el inicio de los tiempos) seguir pensando en términos de pureza biológica racial o de ligazón entre una raza particular y un territorio específico es una cuestión completamente ignorante. Tan obtusa como negar que efectivamente existen las diferencias de fenotipo, de apariencia física, y que tal notoria y vasta diversidad, siempre en mutación, es, antes que nada, un motivo posible de conocimiento y de placer: el gusto por el cuerpo humano puede poseer todo tipo de formas.

Bolas, bolitas, paraguas, perucas, brazucas, boliguayos. Chilotes.

La relación entre raza y biología es nueva. Antes del siglo XIX, ese concepto no se definía con el vocabulario de esa disciplina. Sin embargo, una vez fundidos, rápidamente ese vínculo fue parte de un inusitado proceso de producción de cadáveres. Cuando la raza se tradujo al lenguaje del cuerpo biológico, y cuando en ese lenguaje se comenzó a explicar el crimen, el éxito, la locura y hasta las tendencias políticas, el Estado tomó a su cargo la división entre los cuerpos de las razas deseables y los de las indeseables, purificando las primeras (ya “puras”), extinguiendo a las segundas (las “degeneradas”) y creando una idea general de normalidad para ambas. Así, el fundamento del racismo es, en verdad, positivo: consiste en la política del Estado para producir mejores cuerpos, con mejor vida, que duren más y en mejores condiciones. Y toda política que se base en producir esas separaciones entre lo normal y lo anormal, lo más humano o lo menos humano, es un racismo. El único requisito necesario es separar la paja del trigo y producir una selección precisa de cuáles son los cuerpos beneficiados y cuáles son los que pagarán, con sí mismos, por ello. Luego, no sólo hay que observar qué segmento de la población elige matar el Estado, sobre todo hay que indicar cuál es el privilegiado con el mejoramiento de la vida. Advertir a qué parte de la población el Estado eligió defender respecto de sí misma, de su parte gangrenada. La sociedad debe ser defendida de su parte gangrenada, que también comprende al extranjero. (Dicho en voz baja: que hasta comprende a la mujer, que si osa no estar en la casa -y aún así- tiene que cobrar menos salario).

Forma parte de nuestro imaginario la afirmación de que en Argentina no hay problemas de racismo. Crisol de razas, nos decimos. Inclusive, dentro de esa misma imagen, se admite que hubo un par de problemitas serios (y excepcionales) como los regimientos de negros en la guerra al Paraguay y la avanzada del Estado sobre la Patagonia, de la mano del ejército de Roca. Tras ese asentimiento, se supone que nada más pasó.

El reconocimiento (nuevamente, esa palabra) de la existencia de una parte salvada y protegida es lo que, en Argentina, supimos suprimir eficazmente, sobre todo a partir del encorsetamiento del discurso sobre el otro a dos lugares muy propios. La casa, como espacio de enunciación, es uno. El alma, como objeto del enunciado, es el otro.

Negros.

Hasta hace poco, el uso del término negro se restringió casi exclusivamente al ámbito de la comunicación privada. Negro se decía y se escuchaba sólo entre conocidos; quien alegue no haberlo hecho nunca demuestra una hipocresía inverosímil. Negro, claro, es el modo de llamar a la población-gangrena, a su cultura y su sociedad de negros, a sus actividades económicas de negros. A su política de negros. Cosas de negros, se dice, se escucha en el calor de la casa, en las voces de la familia o de los amigos, apuntando hacia un afuera. Negros de mierda es un grito conocido. Habitual.

Sin embargo, inmediatamente se admite la no negritud de los negros. El problema no está en el color, está en el habla, en los gestos, en los modos. En el tono de la voz. No se usa negro, dice quien dice negro, porque se tenga algo contra los negros de piel. La piel, los rasgos visibles de los pobres, los marginados, los excluidos, no son negras. No son negros, pero son negros. El dilema se explica fácil.

Son negros de alma.

La duplicación es evidente. Se liga un fenotipo a una desviación (racismo clásico) que a su vez se vuelve una esencia espiritual trascendente, por estar fuera de la historia, en el caso de quienes no poseen ese rasgo. El pase de manos tiene su sentido. Aventuraremos un breve relato al respecto.

La invención de una tradición nacional ligada a la tierra y a las costumbres campestres es un producto de la reacción de la oligarquía local frente a las costumbres importadas por los inmigrantes europeos que inundaron las ciudades a comienzo de siglo. No sólo se trataba de nacionalizar a las masas a través de un mito fundante, de la conscripción obligatoria y de la escuela pública; había también que demarcar quiénes eran los argentinos de pura cepa y quiénes eran los intrusos. Es con la inmigración, y como reacción, que cuajan en un mismo punto la propiedad de la tierra diseñada por Roca, el ejército nacional y el escolarizado Martín Fierro (quizá la mayor operación política local lograda desde la crítica literaria, producto de las conferencias de Leopoldo Lugones por el Centenario). “Negros” en ese entonces eran los “gringos”. Habrá que esperar hasta mediados de siglo, hasta los aluviones de “cabecitas negras” en Buenos Aires, para que emerja el formato actual de segregación. ¿Quiénes son, entonces, nuestros negros?

El dato genético posee, en este caso, fuerza explicativa. Más allá de que los afroargentinos son una realidad que superó a la guerra del Imperio Británico y de Mitre, más de la mitad de la población argentina posee, entre sus ancestros menos o más cercanos, a un indio americano. O sea, se le dice negro al descendiente del indio. Se le dice negro al mestizo. Al descendiente de indio que se mudó a la ciudad. Se le dice negra a la piel trigueña que se quema o congela bajo el techo de chapa de una casilla de Santa Rosa de Lima, se le dice negro al hombre de linaje toba que vive entre los chanchos en el barrio El chaquito. Se les dice negros a quienes fueron a la campos de refugiados durante las inundaciones.

Se les dice negros a los expulsados de la tierra que cayeron en los márgenes de la ciudad. Y a sus hijos. Y a los hijos de sus hijos.

Minuciosamente, supimos suprimir a lo largo de las generaciones al reverso, profundamente obsceno, de la así llamada Argentina potencia, del granero del mundo. A uno de los reversos de ese ser nacional pastoril. Bajo el nombre de negro se marca el estigma, pero en el alma, y se produce, en la historia, el borramiento del pasado y la disolución de las acciones y las masacres pasadas y presentes. Los cuerpos de quienes llevan el gen indígena y de quienes son excluidos están superpuestos e incluidos bajo un nombre que borra su (milenaria) historia política. Esos cuerpos no pueden ubicarse ni en el linaje del indio ni en el linaje del explotado: no los hizo la historia del '30 ni el neoliberalismo. Son negros, y los negros son así más allá de las condiciones: llevan la desviación en el alma.

En seco: no los hizo la historia. Los hizo y hace el nombre (y el desplazamiento) que se les otorga. Están, por principio, excluidos del pueblo legítimo, aquel que tiene el derecho social de hacer la política, y del público raciocinante, aquel que puede opinar. Su lugar, su inclusión, es el de la población a controlar y a asistir con caridad de todo tipo. El destino de sus acciones no es el de fundar derecho; aquello que sea la norma establecida, sobre ellos ha de imponerse. Sobre ellos cae el poder ya constituido, fuera de ellos está el poder constituyente. No se trata de que el discurso racista establezca una división; la división existe y el discurso racista la constituye y la alimenta.

De allí el volumen analítico que habilita el posicionamiento explícito del vicepresidente de la Sociedad Rural Argentina. El 21 de marzo, en radio Mitre, Hugo Biolcati defendió el corte de ruta con una indicación: hay que “mirar el color de la piel de los que están haciendo” el piquete para entender la naturaleza de su legitimidad. La genética naturaleza de su legitimidad. Eso es poder de síntesis.

Fin del relato.

Publicado en Pausa #4, viernes 6 de junio de 2008